viernes, 13 de abril de 2012

El socialismo ya no es lo que era... Y su nuevo rostro, ¿se perfila más latino?

El biosocialismo, el biopoder, el buen vivir y más paradigmas se debaten en varios escenarios políticos. Una conversación con René Ramírez abre otros cauces a ese diálogo y coloca hitos en diversas reflexiones

Por Orlando Pérez

No es muy cierto que el marxismo se congeló. Quizá muchos marxistas no saltaron de sus postulados iniciales, los miraron y congelaron casi como hacen las iglesias con la Biblia. Lo cierto es que ahora “los marxistas” proliferan. Y proponen, desde diversas miradas, unas tesis y unos postulados que dejarían boquiabierto al propio Marx, levantarían de su tumba, lleno de emoción, a Lenin y devolverían al mismísimo Ché Guevara más ganas de guerrear por el mundo, con renovadas utopías.
Y todo ello ocurre, además, en territorios insospechados hasta hace una década. En los países ex socialistas de Europa del Este hay ahora potentes tesis de neomarxistas que se destacan tras el fracaso del neoliberalismo en la Europa Central. Uno de los más ponentes y paradigmáticos, el esloveno Slavoj Zizek, quien “levantó polvareda” con un libro como “Lenin reactivado. Hacia una política de la verdad” hace unos dos años. Y no hay que olvidar a Noam Chomsky, James Petras, Sami Nair, Samir Amin y Eduard Said.
Al comenzar este siglo, en América Latina la efervescencia de una supuesta sociedad civil (en esa concepción liberal que quedó postrada) que agitaba algunas ideas, pero en realidad eran los movimientos sociales los que ponían la marca, aunque en la prensa eso significara solamente bullicio y un desface con “el fin de la historia”.
Dirigentes e intelectuales orgánicos trabajaban casi en silencio y excluidos de los grandes escenarios políticos. Hay una lista larga de nombres y obras.
Significativamente, a la par, los movimientos políticos se “encausaban” en la toma del poder en algunos países sudamericanos. Uno de ellos, (Bolivia) tuvo a un presidente indígena y a un vicepresidente ex guerrillero. En otro, Brasil, un dirigente sindical llegaba a la presidencia y toda la oleada de intelectuales de izquierda de esa nación se incorporó al gobierno. Igual pasó en Uruguay y, en parte, en Chile, así como en Argentina.
El caso boliviano es el más significativo por su complejidad social, étnica y política. Y en esa nación y desde el ejercicio del poder, Álvaro García Linera ha construido unos conceptos y unas propuestas político-teóricas para entender mejor lo que estamos viviendo en el continente. Un documento profundo e inquietante es Las tensiones creativas de la Revolución. Allí hay unas luces sobre lo que ahora significa ser y estar en el Estado, cómo la sociedad se moviliza con el “poder” y con él construye políticas públicas, además de considerar cómo las nuevas condiciones obligan a una relectura del mismo marxismo y no desde la crítica y negación irracional del mismo. Y casi por la misma vía se encuentra Emir Sader, un intelectual brasileño que desata nuevas interpretaciones de la teoría marxista y la profundiza. Uno de sus textos más brillantes es Hegemonía y Contrahegemonía para otro mundo posible.
Y si hay un síntoma en los dos (sin desconocer a otros muchos) es que miran retrospectivamente a la izquierda latinoamericana reconociendo todos sus aportes sólidos, como en su momento lo sostuvo Mariátegui, por solo mencionar uno, pero también evaluándola críticamente a partir de 1959, cuando triunfa la revolución cubana. (vale la pena leer al respecto El Nuevo Topo, de Emir Sader) Por eso, ahora, esa memoria y ese cúmulo de experiencia política, les permiten a ellos diseñar unas visiones estratégicas del sendero a recorrer, pero también, por supuesto, del reciente proceso experimentado con la izquierda en el poder ya no en uno (como pasaba con Cuba) sino en varios gobiernos.
Y en todo ese panorama se inscribe la presencia de la Revolución Ciudadana en Ecuador. Un proceso visto desde afuera, al principio, con recelo y hasta indiferencia, pero ahora muchos más atendido y observado con por numerosos políticos, intelectuales y académicos.
Un libro que se aproxima testimonialmente a lo que es la Revolución Ciudadana, liderada por Rafael Correa, (para muchos) un “desconocido” revolucionario, es “Ecuador: una nueva izquierda en busca de la vida en plenitud”, de Marta Harnecker. Pero han sido los mismos actores de la Revolución Ciudadana los que, con más o menos intensidad, han reflexionado sobre lo que propusieron, vivieron y proyectan, aunque todavía es insuficiente y precario frente a lo que pasa, cuando ocurren estos procesos, en otros países.
La entrevista que sigue, con René Ramírez, es una aproximación fresca a lo que está pasando en Ecuador. Él ocupa un alto cargo en el Gobierno de Rafael Correa, pero desde hace algunos años transita por una teorización y una explicación práctica de la realidad que afronta este nuevo siglo.
Lo hace siempre con una claridad y una luminosidad puntillosa . Se “codea”, en sus trabajos y escritos (que no deja de publicar, a pesar de la carga burocrática de su función pública) con aquellos pensadores que en América Latina andan reflexionando sobre el devenir del continente. Uno de ellos, por ejemplo, es el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera. Otro es el brasileño Emir Sader. Pero con los dos puede tener puntos de contacto y algo que lo distancia profundamente: Ramírez va más allá del análisis y el diagnóstico, la reverencia a los clásicos y a ciertas escuelas. De lo que se narra en esta entrevista, de sus últimos libros y de charlas y conversas, sostenidas con puntos suspensivos o paréntesis entre encuentro y encuentro, hay una idea profundamente izquierdista que navega por su cabeza: la transformación del Ecuador no va a llegar apegada a ningún manual y mucho menos de la “cómoda” condición de ministro de Estado. Y algo más: la distancia plena que pone con la izquierda clásica y la que se quedó anclada en la protesta, a partir de unas propuestas teóricas para ecualizar el proyecto político en marcha, que en caliente afronta las dos tensiones de todo gobierno revolucionario: cambiar la realidad pensando en el futuro más promisorio y administrar el presente con todo el peso de las resistencias de la misma sociedad, como ya en su momento lo advirtieron los clásicos del marxismo y quienes han ejercido el poder.
¿Por qué debe entenderse el socialismo del buen vivir como un biosocialismo? ¿Qué lo caracteriza, identifica y particulariza del socialismo concebido por los clásicos Carlos Marx, Federico Engels y Lenin?
El socialismo del Buen Vivir es un pacto de convivencia que nace del pueblo ecuatoriano y que ha sido suscrito en la nueva Carta Constitucional firmada en 2008. En esta Constitución se plasma lo que yo he denominado socialismo del buen vivir o biosocialismo republicano. Simplificando, el núcleo de la apuesta del socialismo clásico fue el tema redistributivo, la igualdad. Sin lugar a dudas la igualdad tiene que seguir siendo uno de los pilares del socialismo del buen vivir. Pero, a mi modo de ver, la agenda de izquierda que esbozó el pueblo ecuatoriano en Montecristi no solo apunta hacia la búsqueda de igualdad. Existen otros temas adicionales que le dan una particularidad a nivel de las utopías constitucionales vigentes. Una de ellas es el paso del antropocentrismo al biocentrismo. Lo importante no es únicamente el ser humano sino la vida en su conjunto, incluso como parte constitutiva de la garantía de la propia vida de los seres humanos. Debemos recordar que Ecuador es el único país del mundo que en su Constitución garantiza los derechos de la naturaleza. A su vez, esta Constitución es republicana en el sentido de que busca una igualdad en el marco de la diferencia y en el marco de la construcción de una democracia no únicamente representativa sino participativa y deliberativa, en la que cada ciudadano no sólo tiene derechos sino obligaciones y responsabilidades para con la comunidad política.
A ese biosocialismo le otorgas una ética particular o muy propia. ¿Cómo se entiende esa ética, desde qué “moralidad”?
La ética del socialismo del buen vivir es una bioética, una ética de recuperación de lo público y lo común, una ética basada en la satisfacción de necesidades y que se sustenta en la igualdad de todos los seres humanos en el marco del respeto a la diversidad. Al recuperar el sentido del bien común y la dimensión colectiva de la política y la sociedad, frente a la perspectiva exclusivamente privada e individualista que pregona el utilitarismo liberal (neoliberalismo), se recupera el sentido ético y moral del vivir-en-común.
En esa lógica, ¿cómo superar un modelo y concepción de desarrollo que se sustenta en el extractivismo y a la vez el consumo cala en la estructura y lógicas culturales de la gente?
Para contestar esta pregunta es necesario analizar 3 aspectos. El lado ético, el análisis del extractivismo en el marco del patrón de especialización productiva general y la arista política.
Existe un debate ético que debemos enfrentar. Ecuador necesita 40.000 millones de dólares para satisfacer necesidades básicas. En el corto plazo, ¿qué patrón de especialización permite esbozar un patrón de acumulación que cubra estas necesidades? Otras experiencias mundiales dicen que un cambio en el patrón de especialización no tarda menos de 25 años. ¿Cuál es el equilibrio ético en términos de acumulación que deben esperar los ecuatorianos que no tienen satisfechas sus necesidades básicas? ¿Cuántas generaciones más se deben perder para conseguir tal objetivo? En el caso de explotar los recursos naturales, ¿cuál es el equilibrio que garantiza la satisfacción de las necesidades básicas para las generaciones presentes y futuras? Creo que las respuestas no son blancas y negras. No es extractivismo vs. no extractivismo. ¿Podríamos dejar de extraer petróleo de la noche a la mañana? No es viable políticamente. Las preguntas son simples pero muy complejas: dónde, cómo, hasta cuándo y para qué. Un primer paso para el país es un pacto territorial, es decir, con un buen ordenamiento territorial la disyuntiva se desvanece en algo. Por ejemplo, no hacer extractivismo en zonas megadiversas y hacerlo, aún con todos los cuidados ambientales, en aquellos territorios con altos niveles de erosión de sus tierras.
No obstante, el real problema no es el extractivismo. Es un modelo que genera un sistema productivo ocioso. El extractivismo incluyendo minas y petróleo constituye el 13% del PIB. Empero, del total de la oferta de bienes y servicios, el 50% proviene de la intermediación financiera (en el campo de intermediación de alimentos) y de las importaciones. Es decir, se obtienen rentas sin generar puestos de empleo suficientes ni valor agregado. Se financia el empleo del exterior, no se genera valor agregado y el que tiene más capital puede multiplicar su propio capital. El juego tradicional de la oligarquía perezosa. El incremento de los precios de los commodities financia las importaciones de un grupo oligopólico que sin hacer nada recibe grandes rentas y auspicia el consumo de bienes importados. El modelo no es extractivista sino un modelo ocioso de generación de riqueza. En este sentido, volvemos al “para qué” del extractivismo: es justamente para generar otra forma de generación de riqueza que haga sostenible la satisfacción de las necesidades de las generaciones presentes sin que ello suponga sacrificar las necesidades de los que vienen; es decir, un extractivismo que sirva para salir del extractivismo. Cierta izquierda únicamente ha puesto sus ojos en la minería o petróleo sin observar que el problema es la economía política que permite que grupos oligopólicos financieros e importadores se lleven la riqueza del país sin generar nada de valor agregado ni empleo en el país. Creo que los tiros del debate deben apuntar a otro lado, el extractivismo es solo una arista del problema, quizá no la más relevante.
En el lado político, el centro de cualquier estrategia de desarrollo no es lo económico –como se nos quiso hacer creer– sino lo político. Eso hay que tener muy claro para no cometer errores. El socialismo del buen vivir es el fin, pero su consecución no puede ser hecha de la noche a la mañana. Parafraseando al antropólogo K. Polanyi, en este momento histórico del país lo más importante es la “gran transición” para conseguir esa “gran transformación”. El primer paso ha sido poder disputar el cambio de la estructura del poder político y eso solo se puede hacer desde la misma conducción del Estado. Cualquier otra vía es ingenua. Creo yo que hemos llegado a cinco años y medio en el Gobierno y recién en este último tramo tenemos ya la posibilidad de disputar a los poderes de facto. Digo disputar. Ello no supone que siempre sea posible zanjar dichas batallas en favor del interés general. Para mantenerse en la disputa del cambio, el Gobierno debe ir hacia adelante, continuar con la política de redistribución de la riqueza, mejorar la calidad de vida de la población y propiciar la organización y la auto-organización social. No hacerlo es no pensar políticamente la viabilidad del cambio estructural.
Algunas veces se escuchan voces desde la izquierda que argumentan que el objetivo es que la lógica del sistema económico sea anticapitalista sin importar el cómo. Las alternativas anticapitalistas que defienden algunos sectores de la izquierda muchas de las veces no son asequibles a escala meso o macro debido, justamente, a la imposibilidad de coordinación, distribución y acceso a información a escala global de los modelos propuestos, o dado que simplemente no cumplen el objetivo básico de satisfacer las necesidades de la gente. Por ejemplo, de acuerdo al censo de población de 2010, el 12% de la PEA que realiza trabajo dentro del hogar (es decir, que pertenecería a un tipo de economía social y solidaria) es mayoritariamente pobre (60%), según la satisfacción de sus necesidades básicas (NBI). Si una economía que busca ser anti (o incluso post) capitalista no mejora las condiciones materiales de producción y reproducción de la vida social de la población y no permite superar la pobreza, no solo no es viable políticamente sino tampoco es deseable éticamente, por más lógica de “acumulación no capitalista” que suponga.
El peor de los mundos sería el que por no utilizar inteligente y responsablemente los recursos naturales para mejorar la calidad de vida de sus habitantes y pagar la deuda histórica de los grupos excluidos, se pierda la oportunidad de transformar el poder, distribuirlo y caminar hacia la sociedad del buen vivir.
Ligado a todo lo anterior, ¿cómo se entienden y construyen las sociedades del “bioconocimiento”, las biopolis?
Vivimos un neodependentismo que ya no se basa en depender deproductos manufacturados sino, sobre todo, en la heteronomia frente a productos y servicios menta-facturados (conocimiento). Cada vez que sale una nueva versión de los programas de Microsoft debemos comprarla y actualizarlos. La biopolis, justamente, busca construir una sociedad en la que su mayor riqueza sea la vida y cuya garantía de reproducción venga del conocimiento intangible (ciencia, tecnología e innovación). Somos un país rico porque somos un país con mucha vida. Nuestra ventaja comparativa no es el petróleo o los minerales sino nuestra biodiversidad. Si nuestra ventaja comparativa es la biodiversidad podemos apostar a que a través del conocimiento se genere riqueza que garantice la reproductividad de la vida, tanto de la naturaleza como de la del ser humano. Si sistemáticamente se hubiese destinado tanta inversión para la innovación científica y tecnológica de la biodiversidad (bio-medicina, agro-ecología, bio-fertilizantes, bio-remediación, energía alternativa, etc.) como se ha invertido en el sector petrolero (7.300 millones solo en la última década) este momento no seríamos un país con un modelo extractivista ni ocioso. Aunque no se crea, llevamos 40 años de explotación petrolera y no tenemos un solo centro de investigación científica de energía (ni siquiera petrolera). Esa sí es la estupidez de la abundancia. Muy triste.
En ese nuevo escenario, ¿cómo se sustentan los “sustantivos críticos”? ¿Desde dónde se generan y cómo se plasman en las políticas públicas?
América Latina está recordando que puede caminar con sus propios pies, sentir con su propio corazón y pensar con su propia cabeza. La derecha puso la agenda durante los últimos 20 años y la izquierda únicamente la adjetivó. Por ejemplo, al sujeto desarrollo le puso el adjetivo sustentable; al sustantivo democracia se añadió la palabra participativa. Por eso es necesario generar sustantivos críticos desde la izquierda que busquen estar uno, dos, diez pasos delante de la supuesta inmortal agenda del neoliberalismo. Para esto nuestras democracias deben ser innovadoras sin tener miedo al error. Creo que lo estamos haciendo. Un buen ejemplo es la creación del sustantivo crítico del “buen vivir” o “derechos de la naturaleza” o plurinacionalidad o ciudadanía universal. Únicamente se podrán generar sustantivos críticos con sus respectivas respuestas en la medida en que pensemos nuestras realidades, nuestras necesidades y nuestras potencialidades en el marco de la nueva geo y bio-política mundial.
Si el objetivo del biosocialismo es pasar de la supremacía del capital e incluso del trabajo, a la de la vida, ¿cómo se mide, entonces, el valor del tiempo en la vida? ¿Constituye el tiempo otro valor, con otras connotaciones? ¿es el tiempo social un valor distinto?
El valor es una construcción social. El socialismo clásico defendió la supremacía del trabajo sobre el capital. Defendió dichos principios porque tenía una visión productivista. El biosocialismo propone la supremacía de la vida sobre el trabajo y de éste sobre el capital. Esto implica construir una escala de valores diferente a la que impera en el capitalismo. Pero a su vez implica construir unidades de valor que permitan edificar otra ética, otra episteme, otro orden social. Por eso he propuesto usar como unidad de valor al tiempo. El tiempo es una variable adecuada para pensar el valor de cada aspecto y de cada instancia de la vida. A quien entregas tu tiempo, entregas tu vida. Pero no solo es importante medir el tiempo sino el tiempo dedicado a la buena vida o a la vida plena: tiempo para el ocio liberador, para la contemplación, para la amistad, para el amor, para la participación pública, para el trabajo emancipador. Es decir, lo importante es la generación y disfrute de las relaciones sociales, de los bienes relacionales (en los cuales se incluye la relación entre el ser humano y la naturaleza). Pueden existir otras unidades de análisis como la energía o lo biofísico. Sostengo que si bien estas variables pueden funcionar a nivel macroeconómico, políticamente necesitamos una unidad que permita disputar el significado que tiene hoy en día el dinero. Si a una persona de a pie se le pone a elegir entre diversos criterios de valoración de la vida como toneladas de biomasa, “julios” (unidad de medida de la energía), y dinero (dólares), seguramente escogerá este último. Pero si a esta misma persona se le da a escoger entre dinero y tiempo dedicado a estar con sus amigos, familia u ocio liberador, al menos pensará dos veces con qué se queda.
Si lo anterior ocurre, ¿no se estaría asumiendo como una reproducción de lo que sucede en sociedades liberales europeas donde se habla de “ciudades lentas” donde hay menos horas laborables y más empresas y oficinas más cercanas al hogar?
Uno de los principales retos que tenemos como civilización es que el trabajo no sea alienado. Usualmente se busca disminuir las horas de trabajo como fin porque existe una escisión entre el mundo de trabajo y el mundo de la vida. Esa es una de las grandes tragedias de nuestros tiempos. Si asumimos que no se puede cambiar el sistema, me parece correcto que el objetivo sea buscar disminuir las horas de trabajo. No obstante, lo que debemos buscar es cambiar el sistema hacia uno en que no se distinga el trabajo de la reproducción de la vida plena. Construir un sistema en que el trabajo sea emancipador per se. Generalmente desde una perspectiva simplista de izquierda se ataca la flexibilización del trabajo. El problema no es la flexibilización, sino que aparejado a esto se pierdan derechos. Yo estoy de acuerdo en una flexibilización del trabajo, pero que garantice todos los derechos de sus trabajadores, empezando por un salario digno. Debemos llegar a una flexibilización tal, en que no exista escisión entre el mundo de la vida y el mundo del trabajo; es decir, donde no exista escisión –como señala Marx- entre el ser humano y la existencia humana. Solo así el trabajo sería parte de la vida buena. Existe mucha diferencia entre construir sociedades lentas con empresas y oficinas cercanas al hogar para mejorar la competitividad y la satisfacción del trabajador a intentar construir sociedades en que la separación entre trabajo y mundo de la vida se evapore. Las ciudades lentas podrían ser un paso intermedio, no el punto de llegada.
Un referente económico y hasta simbólico del capitalismo y de las sociedades liberales es el PIB. ¿Cómo se contrapone el PIB verde al del capitalismo y cómo se construye como referencia de otra calidad de vida?
Cuando oigo que se menciona al PIB verde como algo contrapuesto al capitalismo me doy cuenta de cuan bien ha construido su hegemonía el capitalismo. El PIB verde es parte de la contabilidad del capitalismo, solo que incorpora las externalidades (negativas generalmente) que produce la actividad económica. Es la mercantilización de la naturaleza. Algo similar sucede con aquella demanda supuestamente progresista de incorporar en las cuentas nacionales el trabajo no remunerado. Lo peor de todo es que usualmente se valora el trabajo no remunerado de las mujeres con el salario menos valorado en la sociedad que suele ser el salario de las empleadas domésticas. La unidad de valor sigue siendo el dinero. No podemos construir un nuevo orden social si tenemos como unidad de valor de la sociedad una variable tan deshumanizante como es el dinero. Por eso, he propuesto utilizar el tiempo como unidad de valor. Para ello he propuesto dos indicadores sintéticos que disputan el sentido del PIB per cápita: la esperanza de vida saludable y bien vivida y la esperanza de vida de la naturaleza medidas en unidades temporales (años, días, horas, etc.). No es lo mismo tener toda una sociedad pensando en cómo subir el ingreso por persona de un país, a otra que esté pensando cómo incrementar la esperanza de vida saludable y bien vivida de su población. En la primera se valora la capacidad de compra de la ciudadanía; en la segunda se valora la vida, pero no cualquier tipo de vida, sino aquella vivida de modo digno, saludable y a plenitud.
Con todos estos elementos, ¿qué le impide a la izquierda conectarse con esas otras búsquedas y se afirma en los postulados que dividen y polarizan todo entre derecha e izquierda, colocando en la primera a todo el que se les opone conceptual y políticamente?
Tenemos que recuperar el sentido del conflicto en la democracia. Creo que es necesario marcar claramente cuales son las fronteras entre la izquierda y la derecha. Eso es políticamente indispensable. Una de las mayores operatorias hegemónicas del neoliberalismo fue la construcción de un pensamiento único. Esto llevó a que converjan viejos postulados de izquierda y derecha. Por ejemplo, lo hemos visto bajo los omnicomprensivos conceptos de “descentralización”, “autonomía” o “sociedad civil”. Nadie se atrevió a ponerlos en tela de duda y cuestionar sus contenidos. Así la autonomía fue per se buena, la descentralización, per se democrática y la sociedad civil, per se fuente de toda legitimidad liberadora. La vida política democrática se terminó por concebir como una suerte de diálogo infinito sin conflictos. Desde esta concepción, la sociedad en la que vivimos habría dejado de estar estructurada por la división social y el conflicto. ¡Perfecta operatoria hegemónica! Pero debemos tener claro que la disputa es inherente a la vida social y que el conflicto desempeña un papel integrador clave en la democracia moderna. Ya vivimos el 22 de marzo del presente año. En este marco, negar el conflicto es aceptar el dominio sin disputarlo. La idea que ha imperado no solo desde la derecha sino desde la izquierda que se niega a pensarse a sí misma, es que la política democrática es la política del consenso. Esta es una posición profundamente liberal, pero, sobretodo, conservadora, que niega justamente el pluralismo y antagonismo que son constitutivos de cualquier política democrática. Una izquierda no conservadora no se puede negar a pensarse a sí misma sistemáticamente, ni tampoco “comerse el cuento” de que el conflicto es malo y que el consenso es el fin de la democracia; más aún en una sociedad tan estratificada como la ecuatoriana. Esa posición mata a la democracia y perpetúa un statu quo injusto.
¿Cómo imaginas el perfil del izquierdista del siglo XXI? ¿Caben en ese perfil los indignados, los forajidos, los “ocupis”, los jóvenes árabes, entre otros que han protestado contra el capitalismo?
Todos ellos caben, sobre todo como fuerza política movilizadora de lo común. Recordemos la pancarta: “Nosotros somos el 99%, ellos el 1%”. Pero como señalé, una de las diferencias importantes de una nueva izquierda es no únicamente resistir al capitalismo, sino arriesgarse a proponer un nuevo orden social. La izquierda revolucionaria no puede conformarse con administrar mejor el sistema capitalista sino que debe buscar transformarlo.

4 comentarios:

  1. Le dejo por acá el trailer y el 1 episodio de la primera miniserie online Ecuatoriana, con Correa de protagonista
    http://www.metacafe.com/w/9560887

    http://www.metacafe.com/w/9560902

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  2. Muy bueno, ya no hay socialismo general, ahora tiene mas de 20 siglos (XXI)

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  3. Sr Orlando Perez
    Respecto al robo de la flecha de la plaza de la independencia pueden los sospechosos estar vinculados en facebook al Sr Francisco Nuñez (oficial)
    ahí uno da la clave para saber que pueden ser ellos. De todos modos tengo la captura de pantalla
    Un saludo

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  4. EL INDISCRETO ENCANTO DE LA CLASE MEDIA



    por Mercedes Mafla



    O

    RLANDO Pérez estudió periodismo en La Habana (¿un oxímoron?) y aprendió el oficio gracias a una persistente gimnasia que lo mantiene activo en la escritura periodística desde hace muchos años. Es digno de recordar su paso por varios periódicos ecuatorianos en los cuales se esmeró para que las secciones culturales no fuesen tan tristes como lo son en los tiempos que corren. Hoy continúa escribiendo sin tregua sobre temas tan variados como la infatigable propaganda, la profunda reflexión sobre asuntos muy sustanciosos tales como los obesos, Justin Bieber, El Sumo Pontífice y la Virgen María (escritos con mayúscula, como corresponde a un devoto que descree del aborto y demás pecados), el fútbol, la estirpe que reina Cuba, los variados comandantes que enamoran a los desinformados. Pero además, Pérez ha escrito libros como Cuba: los años duros (¿cuáles fueron los suaves?) y La celebración de la libertad, un libro de entrevistas a escritores, porque Orlando, como tanto periodista, tiene nostalgia de la escritura artística. No en vano, declara con alborozo y con una sonrisa inamovible, que tiene como libros favoritos a “Los clásicos, los clásicos de toda época y país”. No es de extrañar, pues que ahora haya pergeñado su primera novela. La ha titulado La ceniza del adiós (¿una tautología?).

    Pérez posee una escritura ciertamente ágil. No en vano la gimnasia; pero su novela sorprende por lo reconocible del tono avejentado de escritores como Raúl Pérez Torres. El estilo es tristemente parecido: una larga disquisición autocomplaciente y nostálgica que esconde mal un orgullo de clase media decente, con sueños de grandeza que se mira a sí misma con una modestia falsa y que, de un modo provinciano, hace permanente referencia a su propio entorno, reconocible solo para quienes padecemos el vivir en un mundo pequeño en el cual los artísticos se abrazan entre sí y participan de la misma fiesta que ya viene durando demasiadas noches. ¡Qué abismal diferencia con las novelas en las cuales José Donoso o Carlos Fuentes e incluso el mejor Abdón Ubidia o Francisco Proaño Arandi arremetieron con talento novelesco y crítico en contra de las mentiras y los secretos de sus propias casas!

    En la novela de Pérez no faltan los amores vividos al ritmo de los himnos respectivos: la salsa y bolero. Tampoco falta, desde luego, la pasión nacional: léase el culto a la política como suprema religión. Es tan previsible el destino del protagonista de esta novela que me remite al peor Icaza. He recordado algunas escenas lamentables de Atrapados, la novela autobiográfica y final del célebre indigenista, en las cuales no falta (como en las novelas del siglo XIX) el curita útil, ni tampoco, desde luego, el presidente de turno (tratado, en demasiadas novelas nacionales, como un dios todopoderoso), la jovencita sutilmente violada, el arte como revancha de clase, la acusación justiciera y la demostración de la pureza de unos ideales que, a estas alturas, despiden un tufo a cuarto poco ventilado y, aunque convenientemente perfumado, ciertamente, sórdido.

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